Archivo para Marzo 2010

FIN DE CICLO

De nuevo se anuncia la inminencia de la publicación de la sentencia del Tribunal Constitucional sobre los recursos de inconstitucionalidad presentados por el PP, el Defensor del Pueblo y varias Comunidades Autónomas contra el nuevo Estatuto de Cataluña. De nuevo se filtran las posiciones de este o aquel magistrado y los supuestos pactos alcanzados en el seno del supremo intérprete de nuestro ordenamiento para resolver en relación a puntos concretos. En realidad, ya no tiene demasiada importancia cuál sea el veredicto final porque los efectos deletéreos de esta irresponsable operación política ya se han producido y su evolución futura es a estas alturas imposible de detener. El mero hecho de que el Tribunal haya necesitado cuatro años para pronunciarse indica por sí solo el nivel de impotencia y deterioro al que ha llegado el sistema político vigente en España. Una sentencia interpretativa, además de no solucionar el problema, sino de abrir la puerta a numerosos conflictos de ahora en adelante, pondría de manifiesto que el Estado de las Autonomías ha entrado en una crisis irreversible en la medida que nuestra estructura institucional y jurídica es incapaz de manifestarse con claridad sobre materias que son diáfanas y de las que depende la supervivencia de España como entidad soberana reconocible y su viabilidad como Estado. Si el Tribunal admite, por muchas declaraciones paralelas que haga, que un Parlamento regional puede, aunque sea en la parte no directamente normativa de un Estatuto, proclamar la condición de nación de una Comunidad Autónoma, la Nación única e indivisible consagrada por nuestra Ley de leyes saltará por los aires. Si los doctos magistrados aceptan la obligatoriedad del conocimiento de una lengua cooficial en una parte del territorio nacional, reconociendo así que un gobierno autonómico está legitimado para negar a una familia el derecho de escolarizar a sus hijos en la lengua oficial del Estado, España como matriz común de libertades y como espacio consolidado de comunicación dejará de existir. Y si una Comunidad Autónoma puede imponer unilateralmente al Congreso de los Diputados la configuración de los presupuestos generales del Estado, la soberanía nacional se desvanece. La conclusión es obvia: estamos viviendo un fin de ciclo histórico que ha durado tres décadas y que la deslealtad de los partidos nacionalistas y la pusilanimidad y el egoísmo de los dos grandes partidos nacionales han conducido inexorablemente al fracaso. La salida del embrollo no será fácil, es posible que sea traumática y seguramente el cuadro que emerja tras el reajuste que se avecina sea muy distinto al que conocemos.

 

UNA HIPÓTESIS DE TRABAJO

No se entiende el escándalo suscitado por las declaraciones de Jaime Mayor en el Executive Forum sobre la estrategia de Zapatero en relación a ETA cuando su tesis al respecto es bien conocida y lleva repitiéndola hace varios meses. La esfera pública es misteriosa y pasa súbitamente de la sordera a la atención sin que se sepa muy bien el motivo. De hecho, lo que el ex-ministro del Interior ha pronunciado no es una denuncia, sino una inferencia o, si se quiere, una hipótesis de trabajo. Como cualquier teoría seria, la de Mayor se apoya en la evidencia empírica y en la experiencia. Repasemos algunos hechos contrastables: ZP elevó a ETA a la categoría de interlocutor político del Estado durante su primer mandato, sostuvo los contactos después del atentado de la terminal de Barajas en el que hubo dos muertos, dio un trato de incomprensible benevolencia a de Juana Chaos, uno de los miembros más sanguinarios de la banda, y en pleno “proceso de paz” altos mandos policiales suministraron información a los terroristas para que escapasen a su inminente detención. Ha sido ZP quién ha preferido sistemáticamente la alianza con partidos nacionalistas radicales con tal de dejar al PP fuera de juego en Cataluña y en Baleares. El Estatuto de Cataluña que liquida la Constitución de 1978 ha sido impulsado por La Moncloa y a día de hoy sigue siendo considerado por Zapatero como plenamente constitucional. A todo ello se puede añadir la probada capacidad de ZP para faltar a la verdad sin que le tiemble un músculo, como quedó demostrado cuando afirmó que las conversaciones con ETA habían quedado interrumpidas mientras las continuaba de tapadillo. A partir de este conjunto de datos, es legítimo pensar que a ZP le gustaría que Batasuna jugase en el País Vasco análogo papel al de Esquerra en Cataluña, lo que le permitiría prescindir del acuerdo con el PP en aquella Comunidad. Para ello, resulta imprescindible que ETA se disuelva y sus esbirros pasen a engrosar las filas de la llamada izquierda abertzale. Después, aclamado como gran pacificador, podría volver a ganar en 2012 haciéndose perdonar su nefasta gestión de la crisis económica. Por consiguiente, no es descabellado dibujar un cuadro como el que ha presentado Jaime Mayor, que si bien a lo mejor no es demasiado factible en la presente coyuntura, sí ofrece verosimilitud. Además, su mero enunciado contribuye a hacer la oscura maniobra más difícil al quedar desenmascarada. Y es que los políticos como Mayor Oreja actúan pensando siempre en intereses superiores, aunque ello implique asumir riesgos o volverse incómodos. Intereses que están por encima de los de partido y, por supuesto, de los del propio interesado, lo que en ocasiones le genera incomprensiones y reproches, pero que indefectiblemente le honra.  

 

                                                                       

INCOHERENCIAS

 El presidente del Congreso es conocido por sus habilidades como comunicador y ha cultivado con encomiable constancia una imagen de sí mismo que le proyecta como persona sincera y desenfadada, próxima a la gente y capaz de conectar en cada momento con las verdaderas preocupaciones del ciudadano. A estas características ha añadido siempre una cierta aura de independencia de criterio que le permite en ocasiones expresar opiniones controladamente divergentes de las posiciones oficiales de su partido. Sin embargo, en este difícil equilibrio entre la defensa de sus supuestos principios y la disciplina propia del militante, José Bono incurre en piruetas tan arriesgadas que minan su credibilidad y revelan la artificiosidad de sus montajes. Hay dos ejemplos elocuentes de las contradicciones insoslayables que intenta colar como muestras de rigor intelectual y de solidez ética. El primero es su voto a favor de la ley del aborto a pesar de su condición públicamente manifestada de católico convencido y practicante. Su argumento para justificar una actuación totalmente incompatible con sus creencias religiosas es que la norma actual es mejor que la anterior en la medida que limita el supuesto de daño a la salud psíquica de la madre -el pretexto que abrió en el pasado las puertas al fraude generalizado- a veintidós semanas, restricción que no existía hasta la reciente reforma. Este razonamiento no se sostiene y el propio Bono nos da la clave cuando afirma que “el aborto ni es un bien ni es un derecho. Es un mal”. Pues bien, precisamente el núcleo conceptual  de la ley socialista es la transformación de un delito despenalizado en determinados casos en un derecho regulado e irrestricto durante un plazo fijado. Por consiguiente, la incongruencia es flagrante y no resiste ni un segundo un análisis incluso somero. El segundo es su crítica reiterada al desbarajuste autonómico. Sus llamadas de atención respecto de la proliferación de administraciones y de las disfuncionalidades y del coste que comporta, casan muy mal con su sumisa aceptación en el seno del PSOE del nuevo Estatuto de Autonomía de Cataluña, monumento donde los haya a la inconstitucionalidad y a la fragmentación del Estado. Lejos de erigirse en ejemplo de coherencia y de fidelidad a unas convicciones por encima de la adscripción partidista, la tercera autoridad de la Nación aparece como un ágil volatinero capaz de encandilar al público mientras le vende mercancía averiada. Las futuras generaciones que estudien la historia de nuestro país percibirán al elocuente José Bono como una figura más próxima a las hazañas contorsionistas del Gran Houdini que a las insobornables virtudes de Santo Tomás Moro.    

                                                                        

RACIONALIDAD Y LITERATURA

  Lucia Méndez es una excelente columnista que ha tenido la amabilidad de dedicarme una entrada en el blog colectivo “El Consejo Editorial” en la que afirma haber detectado una inconsistencia en mis planteamientos sobre la aproximación racional al ejercicio de la política. Se basa para establecer esta conclusión en un texto mío publicado en Cuadernos de Pensamiento Político de la Fundación FAES en el que señalo que “La imagen de una derecha gótica en torno a la cual hay que levantar un cordón sanitario jamás hubiera sido formulada por un científico. Yo, sin ir más lejos, no pretendo borrar del mapa al Partido Socialista ni lo aborrezco…Un científico que desarrolla una actividad política intentará, si es fiel a su pasado, tratar los conflictos de manera racional”. A partir del mismo, apunta a una contradicción con otro aparecido en mi blog “Prohibido pisar las flores” en el que me refiero a la evidente atracción que siente el Presidente Zapatero por el lado oscuro de la existencia. Para apoyar este aserto menciono sus esfuerzos por facilitar la eliminación de vidas humanas en sus etapas más vulnerables -aludo obviamente a la Ley del Aborto y a su abrazo público al doctor Montes-, su inequívoca búsqueda de la amistad de torturadores -véase su predilección por el régimen castrista al que intenta ayudar en el plano internacional de forma permanente-, su afán en desenterrar cadáveres y rencores olvidados -Ley de Memoria Histórica- y su siniestra y opaca negociación con el crimen organizado -proceso de paz con ETA-. Creo que fundamento racionalmente mi observación sobre los gustos de Zapatero porque todos los ejemplos que empleo representan fenómenos en los que nuestro género desciende a lo más bajo y repulsivo en acciones y en conceptos. No me parece que haya nada arbitrario o caprichoso en mi inferencia, derivada de hechos conocidos y elocuentes. Además, hay que distinguir entre la descalificación genérica de un sector social completo, como han llevado a cabo ZP y sus corifeos con el Partido Popular y sus votantes, tildándolos de forma gratuita y manifiestamente injusta de “derecha extrema”, “franquismo”, “derecha gótica” y demás lindezas, y las apreciaciones realizadas sobre un individuo en función de una trayectoria personal analizada empíricamente. Quizá lo que despista a mi inteligente crítica es el final de mi pieza, en el que me permito algunos desahogos metafóricos. Sin embargo, no se debe confundir la literatura con la irracionalidad ya que se trata de campos distintos, aunque para nada incompatibles. Un argumento ornado de tropos sugerentes no pierde por ello su médula lógica. En definitiva, que comprendo perfectamente el mecanismo que ha generado el reproche de Lucía Méndez. Al fin y al cabo, una cosa es el periodismo a vuelapluma, ligero y embriagador como el champagne, y otra el rigor analítico, exigente y mortificante como un cilicio.  

 

                                                                                   

LA FASCINACIÓN DEL LADO OSCURO

                                                             

      Las revelaciones contenidas en las actas incautadas a ETA en Francia sobre sus contactos con los enviados gubernamentales durante la tregua de 2006 demuestran lo que ZP siempre se ha empeñado en negar: las negociaciones con la banda amparadas por la ominosa resolución del Congreso del 17 de mayo de 2005 tuvieron carácter inequívocamente político y elevaron a los asesinos a la categoría de interlocutores válidos para el Estado. Por mucho que Rubalcaba y compañía se empeñen en inventar precedentes, ningún Ejecutivo anterior llegó a tales extremos de ignominia en sus relaciones con el terrorismo separatista. Se produjeron conversaciones y hubo mediadores, sin duda, pero la sustancia de lo tratado se mantuvo siempre dentro de los límites estrictos de la búsqueda de una salida a la situación penal de los presos y a la articulación de soluciones personales para sus nuevas vidas tras la hipotética renuncia a la violencia. Jamás se habló de reformas institucionales ni del derecho de autodeterminación ni de entes unificadores de Comunidades Autónomas. El único que, tal como prueban los documentos ahora hechos públicos, ha descendido a los infiernos del intercambio de cromos con el crimen organizado -vosotros os olvidáis de las pistolas y yo os entrego maniatada a la Nación que he prometido preservar- ha sido Zapatero, actuación deshonrosa que le marcará con oprobio eterno en la Historia de España. El Presidente del Gobierno es un tipo extraño y detrás de su mirada azul aletean las tinieblas del abismo. Tiene gustos perversos, le encanta facilitar la muerte de sus semejantes en las etapas de sus existencias en que se encuentran más necesitados de protección, busca ansioso la amistad de torturadores como los Castro o de histriones totalitarios como Chávez o Morales, hurga en nuestro pasado colectivo para desenterrar cadáveres y reavivar rencores y estuvo a punto de sellar una alianza siniestra con la hez de la sociedad vasca. Parece probado que el lado oscuro ejerce sobre él una fascinación fatal y es fácil imaginarlo, una vez despojado del engañoso ropaje del pacifismo benévolo y del progresismo suave, encerrado en los sótanos monclovitas lejos de indiscretas miradas, entregado sin reservas a ensoñaciones góticas de brujas, trasgos y pactos nefandos con el Mal.     

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