Archivo para Mayo 2010

UN DÍA EN SAN PETERSBURGO

Tecleo este texto tras una visita de nueve horas a la antigua capital de los autócratas rusos, la grandiosa ciudad fundada por Pedro el Grande, en la que el ancho caudal del Neva es espejo de las moles de los palacios y los templos levantados a lo largo de trescientos años por una sucesión de monarcas absolutos pletóricos de riqueza y ansiosos de gloria. El mundo abunda de ciudades hermosas, pero pocas son leyendas encarnadas en piedra. San Petersburgo pertenece a esa rara especie en la que también nos asombran Venecia, Istambul o Roma. La vasta geometría de canales, puentes y cúpulas doradas desgrana un relato de poder, de sangre y de excesos suntuosos que ha cristalizado en una irrepetible acumulación de belleza. Un rápido recorrido por las inmensas salas del Hermitage reduce las residencias reales de las otras monarquías bálticas a la categoría de casitas burguesas. Se ha calculado que un examen de treinta segundos de cada una de las piezas expuestas, cuadros, esculturas, porcelana, plata, mobiliario, repartidas por el inacabable ajedrez de los suelos del antiguo Palacio de Invierno requeriría diez años para un observador inasequible a la fatiga. Teniendo en cuenta que el material a la vista representa menos del diez por ciento del total acumulado en los depósitos del recinto, uno se hace una idea de la fiebre coleccionista de los Romanov, mantenida durante siglos de adquisiciones sin freno y de encargos fastuosos. El despliegue de mármol, de malaquita, de lapislázuli, de pavimentos de afiligranada y noble madera, de piedras y metales preciosos, que envuelve las telas cubiertas de inmortalidad por los pinceles más excelsos de Occidente nos empequeñece a la vez que nos exalta porque al fin y cabo fueron seres humanos los que hicieron posible tal prodigio. Unos, por millones, sudando sobre la tierra de las dilatadas planicies del imperio para producir lo recursos necesarios, otros, por centenares, para crear las obras maestras que hoy reunidas nos sobrecogen, y un poco más de una docena que sentados en su trono se entregaron con absorbente pasión a acumular este legado ingente. Existe un episodio en el devenir de San Petersburgo que resulta aleccionador. La imponente iglesia de estilo neobizantino llamada de la Sangre Derramada, una maravilla de mosaico multicolor que eleva serenísima sus exquisitos domos hacia un cielo casi siempre gris, fue destinada durante el período soviético a almacenar patatas. De esta forma zafia y sacrílega, los jerarcas comunistas quisieron ejemplificar la llegada de una nueva era que alumbraría la sociedad perfecta, el rotundo triunfo de la certeza de la materia sobre el inasible misterio del espíritu. Como es lógico, un tratamiento tan degradante causó graves daños a este singular centro de culto. En la actualidad, la ideología marxista, sus crímenes atroces y sus fracasadas profecías, yacen arrumbadas y polvorientas en el desván de la Historia. En cambio, la iglesia de la Sangre Derramada, mandada construir por el zar Alejandro III en honor a su padre asesinado Alejando II, restaurada hasta devolverle todo su esplendor y disipado para siempre el denso tufo de tubérculo con el que una pandilla de paletos asesinos pretendió humillarla, flota en el aroma del incienso y exhibe imperturbable el justo triunfo de la civilización sobre la barbarie. 

 

 

                                                        Aleix Vidal-Quadras

INGRESOS Y GASTOS

  Los vaivenes de la crisis global han puesto en el punto de mira las cuentas públicas de algunos Estados europeos, que se han visto obligados a emprender planes de ajuste draconianos para reducir sus abultados déficits. Sin duda, los graves desequilibrios presupuestarios de estos países introducen serios problemas de solvencia en tiempos de liquidez escasa, poniendo en peligro incluso la supervivencia de la moneda común y con ello al propio proyecto de integración continental. Las consecuencias de políticas sociales, regulatorias, monetarias y fiscales dominadas por el electoralismo, la imprevisión y el cortoplacismo en muchas naciones occidentales nos han arrastrado al caos presente, cuya salida se perfila cada día más lejana y difícil. En estos momentos, el acento se pone en los dispendios de las Administraciones y junto a operaciones masivas de salvamento a cargo de los gobiernos, los bancos centrales y los organismos financieros internacionales, se obliga a los manirrotos a apretarse ferozmente el cinturón. Sin embargo, este tipo de maniobras de emergencia pueden ser pan para hoy y hambre para mañana si no van acompañadas de un tratamiento eficaz de la raíz de las dificultades que nos atenazan. Dicho con toda claridad, la transferencia del riesgo de un ámbito a otro en un frenético paso de la patata caliente entre distintas manos con la vana esperanza de que se enfríe, combinada con una austeridad más impuesta que aceptada, sólo retrasará el colapso a no ser que se hagan además otras cosas que, lamentablemente, todavía no aparecen con la suficiente determinación. Se trata, en definitiva, de actuar tanto sobre los gastos como sobre los ingresos, de acompañar el empeño en asignar el dinero del contribuyente con criterios rigurosos de eficiencia y ejemplaridad de un esfuerzo paralelo en la generación de riqueza mediante la puesta en marcha de un modelo productivo mucho más competitivo que el actual. Y este segundo objetivo requiere un conjunto de reformas estructurales que son ya inaplazables. El mercado de trabajo, el sistema financiero, la justicia, la educación, la estructura territorial del Estado, son ámbitos, entre otros, en los que España debe proceder a procesos de regeneración, rectificación y reforma de gran calado, lo que a su vez implica la articulación de ambiciosos pactos entre fuerzas políticas mayoritarias que se decidan por fin a situar el interés nacional por encima de la conveniencia de partido. Este planteamiento no será posible sin una revisión muy seria de los fundamentos morales de nuestra sociedad en la que los ciudadanos han de comprender que el desbordamiento de los derechos y la extinción de los deberes representan el camino seguro a la catástrofe. El liderazgo político que España demanda en esta etapa sombría ha de transmitir este mensaje sin vacilaciones ni complejos porque la opinión está madura para recibirlo. Ortega recomendaba estar a la altura de los tiempos a partir de la constatación de que el que no alcanza la cumbre de los desafíos de su época se ve relegado a la irrelevancia o a la condena de la Historia. 

                                                                        

BAÑO DE REALIDAD

            El Presidente del Gobierno únicamente actúa en la dirección correcta cuando le obligan, aunque siempre tarde y de forma incompleta. De la negación de la crisis, hemos pasado en menos de dos años a ser intervenidos por la Unión Europea, que nos dicta ya nuestra política fiscal bajo pena de abandonarnos a la quiebra del Estado. Tras pronunciar la brillante frase de que la reducción de nuestro galopante déficit no tenía porqué ser “drástica”, se ha visto forzado a capitular ante el Ecofin anunciando un ahorro de gasto público que empieza a tener visos de severo. Aún así, las autoridades comunitarias consideran que quince mil millones adicionales en los dos próximos ejercicios no son suficientes y apuntan a la cifra de treinta y cinco mil. Las partidas que se van a recortar y en qué proporción van a originar un cataclismo en el galimatías autonómico, con su orgía de funcionarios, empresas parapúblicas, cargos de confianza, normalizaciones lingüísticas y embajaditas repartidas por el orbe. Se ha acabado la fiesta de aldeanismos carísimos y de ministerios de diseño. El lunes iba yo a Bruselas y coincidí en el avión con la joven y voluntariosa ministra de Igualdad, cuyo séquito de asesores -y asesoras-ocupaba varias filas de asientos, en ofensiva y lacerante imagen del despilfarro en el que vivimos. Es justo reconocer que el gigante aquejado de obesidad mórbida y debilidad muscular en que se ha transformado nuestro Estado de las Autonomías ha venido engordando desde hace dos décadas al amparo de gobiernos de la Nación de uno u otro signo, pero también es innegable que con ZP este proceso suicida se ha acelerado hasta extremos de vértigo. Su pretensión de mantener inalterado el capítulo social y de limitar el esfuerzo de austeridad a las instancias centrales dejando que las Autonomías sigan disparando sin tasa con pólvora del rey es insostenible con la que está cayendo. El baño de realidad en el que han sumergido a Zapatero sus colegas del Consejo Europeo es de agua helada y es inútil que intente zafarse. O despierta de sus ensoñaciones infantiles de abundancia inagotable sin necesidad de trabajar y de derechos ilimitados sin un solo deber, o después de liquidar España va a acabar también con el euro. Y es que nuestro campeón de la paz mundial es paradójicamente un arma de destrucción masiva.  

                                                                     

ASÍ NO PODEMOS SEGUIR

           La reunión de Zapatero y Rajoy ayer por la mañana ha confirmado que el primero no se entera de lo que pasa y que el segundo ha de pasar de la proposición a la acción. Un encuentro con foto incluida para anunciar una nueva ley de Cajas que no sabemos como será y la aceleración de la reestructuración del sector cuando las decisiones están en manos de las Comunidades Autónomas es más que nada contraproducente e inmediatamente se ha podido comprobar por la reacción de los mercados. En cuanto a vender como un gran logro que Gobierno y oposición están de acuerdo en el programa de salvamento de Grecia está bien como chiste. Todo el mundo sabe lo qué hay que hacer para salir del hoyo en el que estamos atrapados: la puesta en marcha de un severo ajuste presupuestario aplicando la tijera al Capítulo I y al gasto corriente, la reforma de las pensiones modificando la edad de jubilación y alargando el período exigido de cotización, el saneamiento y fortalecimiento del sistema financiero y la dinamización del mercado laboral agilizando la entrada y la salida y flexibilizando los convenios. Después, naturalmente, hay otras medidas a medio y largo plazo, pero las cuatro citadas deberían haber sido acometidas hace por lo menos un año. Zapatero está instalado en la ensoñación y en la pasividad, lo que nos lleva aceleradamente a la ruina. Cada vez que dice que España no es Grecia damos un paso en dirección a serlo. Por tanto, Rajoy, a partir de la evidencia de que con Zapatero no hay nada que hacer, se ha de poner las pilas. Un posible movimiento sería ofrecer al PSOE un pacto para el resto de la legislatura sobre un programa serio de recuperación de la confianza en la línea descrita si ponen a alguien con cara y ojos al frente de un Gobierno de gente competente. Otro consistiría en anunciar la disposición a constituir un Gobierno de gran coalición presidido por una figura socialista de peso y solvencia. Y un tercero, la presentación de la moción de censura para dejar claro que la situación es insostenible y que el Partido Popular es plenamente consciente de su extrema gravedad. Si el PSOE se empecina en la senda que nos conduce al abismo, por lo menos quedará en la retina de los españoles la imagen de una alternativa lúcida y dispuesta a todo para sacar al país del atolladero. Lo que es seguro es que así no podemos seguir y que una democracia madura ha de encontrar los instrumentos políticos e institucionales para defenderse de un incapaz que la arrastra a la catástrofe. 

                                                                  

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