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FIN DE VACACIONES

Enviado por AVQ el 25. Agosto 2010 @ 23:33 En Uncategorized | 2 comentarios

 La vista recorre lentamente la intimidad azul de la cala jaspeada de embarcaciones que se mecen con una cadencia calmada e inmutable. Bajo las hojas de palma seca del parasol ráfagas de brisa delicadamente salada refrescan la piel mientras el futuro enmudece, el pasado no importa y el presente se ofrece como un placer merecido. Las horas transcurren muy despacio recorriendo el arco de la trayectoria solar apenas interrumpida por nubes diminutas y esporádicas. Los niños se afanan con sus palas y cubos o chapotean dichosos entre olas inofensivas que el mar construye a su medida con espuma siempre renovada. Tras la comida en la que cada bocado se disfruta como si fuese el primero y cada trago de bebida adecuadamente fría produce una satisfacción inenarrable, el amable sopor que precede a la siesta aquieta el espíritu previamente regocijado con la lectura de una novela que es a la vez entretenida y de notable calidad literaria. El despertar es gradual y devuelve despacio a la serenidad antigua y mediterránea de un paisaje que ha esperado nuestro regreso a la conciencia con la paciencia de una madre solícita. La luz se recoge hacia el crepúsculo y el mar queda asombrosamente inmóvil, como si tratase de impedir que nos demos cuenta de que el día se acaba. La paz es total, la plenitud completa, y cualquier urgencia un recuerdo impreciso. El paraíso no es la pradera de perennes asfodelos en la que la sombra del cazador persigue a la sombra de la corza eternamente ni la vasta planicie de pastos feraces en la que innumerables búfalos esperan la flecha definitiva ni la interminable alfombra cuajada de perlas sobre la que se ondulan las caderas de las vírgenes que solazan al creyente ni el cielo pálido que sobre los fiordos alberga a las recias valkirias que esperan impacientes al fiero guerrero caído en combate ni la contemplación ajena al tiempo y al espacio del fulgor indescriptible en el que se funden el origen y el fin ni la quietud inalterada del nirvana ajeno a todo dolor y a todo deseo. Nada de eso es el paraíso. El paraíso es, sin el menor género de dudas, una hamaca.                                                                      


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