Archivo para 2. Junio 2011

LA CÓLERA DEL REY

         La explosión malhumorada del Rey ante unos periodistas que se interesaban  ayer educadamente por su salud en el transcurso de un acto en al palacio de La Zarzuela ha suscitado numerosos comentarios en los medios. La implacable inmediatez de la red ha permitido a millones de españoles asistir a este desahogo de Don Juan Carlos, hecho con su habitual franqueza y espontaneidad. No cabe duda que uno de los efectos secundarios de los achaques -y el Jefe del Estado padece unos cuantos por su edad y por los numerosos percances derivados de su intensa actividad deportiva a lo largo de muchos años- es la irritabilidad. Cuando uno no se encuentra bien y experimenta molestias y dolores es más proclive a manifestar enfado y eso es exactamente lo que le ha pasado a nuestro monarca. Esa tensión agria se podía haber descargado sobre un colaborador de su Casa, sobre algún familiar próximo o sobre su peluquero, pero les ha tocado a los informadores, que se han mostrado comprensivos. La atención creciente a la condición física del Rey no deriva de la mera curiosidad por todo lo que atañe a figura tan querida y conocida, sino que está estrechamente ligada al futuro de la Institución que encarna. España tiene la suerte de contar con un Heredero perfectamente preparado y capaz de asumir el relevo en el momento requerido. La pregunta que surge es si la forma en que Don Felipe ejercerá sus altas funciones en el futuro será distinta a la de su augusto padre y cuál será la interpretación que el hoy Príncipe de Asturias hará de sus competencias constitucionales. Porque si bien nuestra Norma Suprema es muy precisa a la hora de definir los cometidos del Rey en determinados aspectos, quedan zonas abiertas a la interpretación. ¿Qué significa “arbitrar y moderar”? Juan Carlos I ha entendido su papel, una vez culminada la ingente tarea de la Transición, de manera extraordinariamente prudente y ha demostrado un exquisito cuidado en mantener su neutralidad política, hasta el punto de haber sido acusado en ocasiones de pasividad. Cuando la Nación se ve gravemente dañada en su unidad o en su economía por la actuación de gobiernos irresponsables o manifiestamente incompetentes o cuando se dictan leyes que afectan a cuestiones morales fundamentales con enorme riesgo de vulnerar libertades, derechos y convicciones de amplios sectores de la sociedad, ¿Es recomendable que la Persona que ocupa la cúspide del Estado y que representa la cohesión y la continuidad de la Nación permanezca impasible o cabe una aplicación más imaginativa y comprometida del Título II de la Carta Magna? El Rey puede hablar, puede hacer gestos, puede estar presente o no en este o aquel lugar en tal o cual ocasión, puede llamar a su despacho discreta y reservadamente  a políticos, empresarios, sindicalistas, profesionales liberales, académicos,  expertos reconocidos de un campo concreto o creadores de opinión para solicitar su visión de los asuntos trascendentes para la vida nacional. Y tras escuchar, está entre sus prerrogativas manifestar inquietudes, señalar peligros, formular advertencias y marcar orientaciones. El rey no legisla, ni gobierna, ni juzga, pero puede, y un gran número de ciudadanos creen que debe,  influir, sin desbordar por supuesto los límites que le impone nuestro ordenamiento. El recuerdo del exceso de intromisión de su abuelo en la política, con consecuencias claramente negativas para la monarquía y para el país, es muy posible que pesen en el ánimo del actual titular de la Corona y le aconsejen la máxima autocontención. Sin embargo, los tiempos cambian aceleradamente y no hay que descartar que Felipe VI se incline en su día por un estilo más activo y más incisivo. Ojalá acierte al elegir su camino porque de su buen hacer y de su recto criterio dependerá en gran medida nuestro destino colectivo.

 

                                              ©Aleix Vidal-Quadras

        

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