Archivo para 29. Julio 2011

EL MAL NO PREVISTO EN EL GUIÓN

  EL MAL NO PREVISTO EN EL GUIÓN

 

Las democracias liberales europeas  están orgullosas de su sistema de derechos y libertades y de sus humanitarios códigos penales. La pena de muerte está abolida y los ciudadanos gozan de una amplia protección legal frente a posibles abusos del poder político. La policía no puede entrar en un domicilio o grabar una conversación telefónica sin una orden judicial e incluso los peores criminales comparecen ante tribunales imparciales y disfrutan de asistencia letrada para su defensa. La máxima pena de cárcel excluye la cadena perpetua y hay Estados Miembros de la Unión Europea en los que un condenado por atrocidades inenarrables puede salir de prisión al cabo de quince o veinte años después de haber sido alimentado, alojado y cuidado razonablemente por el Estado. Se parte del supuesto de que todo ser humano es portador de dignidad intrínseca y que esta verdad moral le es aplicable con independencia de cuál sea su nivel de maldad, de crueldad o de perversión. Un etarra con una docena de asesinatos a su espalda puede acabar de vecino de la madre o la esposa de una de sus víctimas que se ven obligadas, tres o cuatro lustros después de la comisión del horrible delito que las privó de su hijo o de su marido, a cruzarse con el monstruo todos los días perpetuando así su sufrimiento salvo que elijan trasladarse de barrio o incluso de ciudad para huir del horror renovado que la legalidad les impone. Nos hemos acostumbrado a estas dolorosas paradojas, a controlar nuestra indignación y a aceptar que la superioridad excelsa de nuestras exigencias éticas compensa el dolor y la rabia que experimentamos al asistir a este tipo de situaciones lacerantes. Sin embargo, hay episodios dantescos en los que el mal se sale del guión de la obra que estamos habituados a representar y nos sume en una perplejidad que rebasa nuestros esquemas. El 11-S en Nueva York fue una de esas ocasiones, la matanza de la isla de Utoya ha sido otra. Al contemplar las alfombras de flores, leer los carteles con frases conmovedoras en las manifestaciones y escuchar las declaraciones políticamente correctas de gobernantes impotentes, es imposible no pensar en la expresión utilizada por Anders Breivik para referirse a los que percibe como débiles y entregados ante la ofensiva islamista: “comadrejas” es el término empleado por el matarife noruego con el fin de extremar su desprecio. Una vez localizadas las comadrejas, lo lógico en su mente enferma y sanguinaria es acabar con ellas. Un individuo que planea cuidadosamente los detalles de una masacre de este calibre y es capaz de matar fríamente a ochenta personas, una a una, sin parar, rematándolas concienzudamente, pertenece a una categoría en el terreno de la maldad que requiere una seria reflexión. Cabe intuir que la afirmación temblorosa de que la respuesta ha de ser más democracia no aporta una respuesta completa. En primer lugar, no somos comadrejas, en segundo, entre el ojo por ojo y comportarse como un mustélido huidizo, debe haber un punto de equilibrio. Quizá ha sonado la hora de darse cuenta que las hienas liquidadoras de imaginarias comadrejas van dejando pistas antes de sacar los colmillos, pululan por la red, pertenecen a organizaciones, hablan aquí y allá, y bastaría observar con un cierto ánimo preventivo para detectarlas y actuar. Admitido que no somos comadrejas, tampoco es imprescindible ser mártires.

 

 

Aleix Vidal-Quadras

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