Archivo para Agosto 2011

LA REFORMA CONSTITUCIONAL

 

         Nuestra vigente Constitución cumplirá treinta y tres años a finales de este año. Durante estas tres décadas no ha experimentado ninguna revisión salvo el mero ajuste técnico sobre el sufragio activo y pasivo en las elecciones locales de los ciudadanos comunitarios residentes en España. Sin embargo, en la práctica, nuestra Carta Magna ha sufrido cambios sustanciales de naturaleza muy agresiva. A través de la vía torticera de las reformas estatutarias, la Ley de leyes de 1978 ha sido vaciada de contenido, desvirtuada y en cierto modo traicionada, hasta convertir España en un Estado híbrido entre lo federal y lo confederal. Nuestra Norma Suprema contiene deficiencias muy graves que el tiempo ha ido poniendo de relieve con resultados desastrosos para el correcto funcionamiento de las instituciones y para la cohesión nacional. Los puntos débiles de la Constitución actual son básicamente tres: el carácter abierto de la estructura territorial del Estado, los partidos y el poder judicial. El desarrollo constitucional diseñado en la Transición se basaba en la hipótesis de que los dos grandes partidos nacionales, de centro-derecha y de centro-izquierda, demostrarían en todo momento sensatez, altura de miras y patriotismo a la hora de ir llenando de contenido las previsiones contenidas en la Constitución y mantendrían a raya las reivindicaciones disgregadoras de los nacionalistas. La experiencia ha sido, por desgracia, muy otra. Las dos principales fuerzas políticas no han dudado en aliarse con los separatistas para neutralizar a su adversario y este proceso perverso ha sometido cuestiones de Estado de enorme trascendencia a las coyunturas electorales. Hoy el Estado es inoperante e ineficiente, nuestro sistema político es insostenible y nuestra democracia ha degenerado en una partitocracia infestada de corrupción, clientelismo, localismo y despilfarro. El acuerdo entre PP y PSOE para introducir en la Constitución un techo de déficit es consecuencia de la presión ejercida por la Unión Europea y revela que la reforma es posible si ambos la impulsan al unísono. Este asunto concreto, derivado de la necesidad de controlar la irresponsabilidad de unos gobernantes proclives al endeudamiento suicida, nos recuerda que la Constitución de 1978 está necesitada de un replanteamiento profundo en diversos y decisivos frentes. El Gobierno presidido por Mariano Rajoy que surja de las urnas el próximo 20 de noviembre ha de tener como uno de sus objetivos prioritarios la puesta a punto de la Constitución, sin adanismos ni rupturas, con pleno respeto a su espíritu original, pero corrigiendo sus numerosas fragilidades que nos han arrastrado a la ruina material y a la descomposición moral.

 

 

                                 ©Aleix Vidal-Quadras  

LA ENFERMEDAD Y LOS SÍNTOMAS

         Europa está gravemente enferma y dedicamos grandes esfuerzos a tratar los síntomas de los males que la aquejan. De hecho, Alemania es la que hasta ahora ha pagado la mayor parte de los analgésicos y los antipiréticos destinados a aliviar los sufrimientos de una Unión postrada de dolor y de fiebre. La patología que desde el primer rescate de Grecia amenaza con acabar con la vida del euro está perfectamente diagnosticada y no es la crisis financiera internacional, circunstancia externa que se ha limitado a ponerla en evidencia. La infección que nos devora es un endeudamiento excesivo, que probablemente nunca podremos satisfacer, una desconexión suicida entre una moneda común y unas líneas de acción económicas nacionales absolutamente irresponsables, unos sistemas de protección social insostenibles destinados a ganar votos a costa de la competitividad del modelo productivo y en la base de todo una concepción de la existencia humana carente de valores fuertes y dominada por la predominancia letal de los derechos sobre las obligaciones. Por tanto, el problema europeo en estos tiempos de tribulación no es de simples desajustes técnicos, es de raíz, y afecta a los fundamentos antropológicos y morales de nuestra sociedad. Por mucha deuda española e italiana que compre el Banco Central Europeo en los mercados secundarios, eso no cambiará una situación que trae causa de errores muy profundos de los que, por cierto, poca gente habla con claridad. Tras meses de vacilaciones y dudas, parece que por fin los primeros mandatarios europeos se han decidido a ir más allá de las aspirinas para empezar a prescribir antibióticos de amplio espectro y consideran ya la posibilidad efectiva de establecer un gobierno económico comunitario con poderes sobre la fiscalidad, las pensiones, el régimen laboral y el volumen de déficit permitido a los Estados Miembros. Sin duda, ese es el camino que puede restaurar la confianza y no la creación de los eurobonos, que sólo hubiesen debilitado a los fuertes sin garantizar el fortalecimiento de los débiles. La puesta en común de la deuda de los diecisiete socios de la Eurozona es una medida acertada si se implanta previamente un mecanismo eficaz de disciplina fiscal y de mejora de la competitividad que obligue a todos, de lo contrario únicamente serviría para retrasar artificialmente el colapso. Las cosas no se pueden hacer a medias y una política monetaria común exige una política económica también común. El euro ofrece grandes ventajas, de las que los españoles hemos disfrutado embriagados durante una década, pero también tiene una cara amarga que no hemos querido ver hasta que nos han obligado. Queda por saber si la velocidad a la que Europa va a reconocer la verdadera naturaleza de sus tribulaciones y a aplicar los remedios necesarios será suficiente para salvarnos a estas alturas del desastre.

 

                                        ©Aleix Vidal-Quadras   

LA NOVELA HISTÓRICA

 

         No hace mucho sosteníamos en un programa de “Los últimos de Filipinas” una acalorada, aunque cordial como todas las nuestras, discusión sobre la novela histórica como género literario y como producto cultural. De un lado se situaba Alberto de la Hera que, como catedrático de Historia de largo recorrido y fecunda labor investigadora, manifestaba su escepticismo ante lo que percibía como incursiones carentes de rigor y trufadas de fantasía en una disciplina que exige incontables horas de examen de documentos, de cotejo de fuentes y de minuciosas comprobaciones con el fin de esclarecer la verdad y el sentido de acontecimientos concretos o de fenómenos sociales acaecidos hace siglos y que han llegado a nosotros posiblemente deformados, oscurecidos o mutilados por intervenciones interesadas a lo largo del tiempo. Alberto, siempre tan preciso e intelectualmente exigente, veía en esos relatos plagados de personajes secundarios frecuentemente inventados y de escenas en las que grandes figuras del pasado expresan sentimientos, dudas o deseos que son probablemente más fruto de la creatividad del autor que de la realidad pretérita, un atentado contra la seriedad de una ciencia que es o debe ser maestra de la vida. Del otro, actuando de beligerantes paladines a favor de tan polémica causa, nos alineamos Kiko Méndez Monasterio y yo, Kiko, porque además de ser un goloso degustador de novelas históricas,  no descuida ocasión de provocar a Alberto, que suele entrarle fogoso a los trapos, y yo porque al igual que Kiko disfruto enormemente con la lectura de esos híbridos de realidad e imaginación que nos permiten no sólo conocer, sino casi vivir, sucesos de épocas remotas que han configurado el presente y que, presentados en forma novelada, ganan en colorido, interés y humanidad lo que pierden en exactitud y sobriedad. Se daba la circunstancia añadida a la pasión del debate que nuestros argumentos se cruzaban en presencia de un cultivador excelente del género, Jesús Villanueva Jiménez, que ha publicado recientemente una magnífica novela titulada El fuego de bronce, que describe magistralmente el intento fallido del entonces contralmirante Nelson de tomar por la fuerza Santa Cruz de Tenerife como paso previo a la conquista del archipiélago canario para el Imperio británico. Y fue este ejemplo concreto el que nos hizo ganar la batalla dialéctica a Kiko y a mí porque gracias a Jesús Villanueva miles de españoles sabrán hoy algo que ignoraban: que el 25 de julio de 1797 un pequeño contingente de tropas regulares junto a un puñado de labriegos, artesanos y comerciantes de las milicias ciudadanas bajo el mando de un militar ejemplar y caballero sin tacha, Antonio Gutiérrez de Otero, derrotaron con su valor, su inteligencia estratégica, su habilidad táctica y su patriotismo entusiasta a uno de los mayores genios de la guerra que el mundo ha visto, y que, a pesar de disponer de fuerzas superiores en número y experiencia, salió de este lance humillado, frustrado y sin su brazo derecho. En estos días de declive de España, arruinada material y moralmente por una clase política que, como la que regía nuestro país durante el reinado de Carlos IV, no ha estado a la altura del pueblo confiado a su tutela, hemos de agradecer a Jesús Villanueva el recordarnos que el coraje, la nobleza de propósito, la unidad de esfuerzos y el servicio a un bien trascendente fueron factores clave para que un reducido grupo de españoles diera a sus contemporáneos hace doscientos catorce años una lección inmortal. Aprendamos de ellos, de su entrega, de su arrojo, de su pericia y de su voluntad indomable, para afrontar nuestras dificultades presentes y superarlas en la estela de aquella gesta sin par.

 

 

 

                                      Aleix Vidal-Quadras 

EL HUMANITARISMO IMBÉCIL

  

         La semana pasada llegaba a la conclusión de que entre la cobardía y la crueldad a la hora de defendernos del crimen extremo debe existir un punto de equilibrio. Hoy quiero desplazarme a otra latitud del delito, ese que blandamente denominamos menor y que la legislación penal califica como falta. Consideremos en concreto el hurto, la sustracción al descuido por parte de los amigos de lo ajeno de bolsos, billeteras, bolsas de la compra y cualquier objeto de pequeño o gran valor que quede expuesto aunque sea un instante a sus habilidades casi prestidigitadoras. En épocas vacacionales, los carteristas, nunca menor dicho, hacen su agosto. Me encuentro, al igual que cuatrocientos mil visitantes más, intentando reponerme de las fatigas del resto del año en la más hermosa isla de las Baleares y probablemente del Mediterráneo entero. Prácticamente todos los días leo en la prensa local noticias sobre la desarticulación de bandas de ladrones o soy testigo directo de robos en playas, comercios, bares, aparcamientos y supermercados. Las escenas de rabia y desesperación de mucha buena gente despojada de sus pertenencias son desgarradoras a la vez que indignantes. El promedio diario de denuncias por este tipo de raterías en este paraíso turístico es realmente alarmante y sus autores, en caso de arresto por la policía, al no haber ejercido violencia y haberse apoderado de bienes o efectivo por una cantidad modesta, son puestos en la calle por el juez tras tomarles declaración. Al citarles a juicio meses después, ya están en otro punto de nuestra geografía a centenares de kilómetros ejerciendo su depredador oficio o han regresado a su país porque la mayoría de estos profesionales, todo hay que decirlo, son extranjeros. Se conocen casos escandalosos de reincidencia múltiple con sesenta, setenta o más detenciones, sin que la pertinacia en tal comportamiento incivil tenga la menor consecuencia sobre el chorizo en cuestión. Hay que imaginar lo que implica en términos de molestias, desesperación y frustración encontrarse de repente sin pasaporte, sin dinero, sin llaves del coche y sin tarjetas de crédito en pleno descanso muy lejos del lugar de residencia habitual, las colas en el consulado y en la comisaría, las gestiones laboriosas, a lo mejor los ahorros de un año volatilizados, la tensión nerviosa, el descanso perdido y la sensación de impotencia ante semejante desgracia inesperada e imprevista. Por tanto, ni falta ni delito menor que valga, el daño causado es enorme y la impunidad de hecho que acompaña a estas fechorías es absolutamente inaceptable. Comparto con millones de españoles la convicción de que nuestro código penal requiere un endurecimiento significativo para esta clase de transgresiones, hoy casi gratuitas para el delincuente. El humanitarismo y el garantismo son grandes conquistas de la civilización occidental, pero no hay que llevarlos al extremo de la pura imbecilidad.

 

 

                                                                  Aleix Vidal-Quadras

|