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LA NOVELA HISTÓRICA

Enviado por AVQ el 13. Agosto 2011 @ 09:22 En Uncategorized | 1 comentario

 

         No hace mucho sosteníamos en un programa de “Los últimos de Filipinas” una acalorada, aunque cordial como todas las nuestras, discusión sobre la novela histórica como género literario y como producto cultural. De un lado se situaba Alberto de la Hera que, como catedrático de Historia de largo recorrido y fecunda labor investigadora, manifestaba su escepticismo ante lo que percibía como incursiones carentes de rigor y trufadas de fantasía en una disciplina que exige incontables horas de examen de documentos, de cotejo de fuentes y de minuciosas comprobaciones con el fin de esclarecer la verdad y el sentido de acontecimientos concretos o de fenómenos sociales acaecidos hace siglos y que han llegado a nosotros posiblemente deformados, oscurecidos o mutilados por intervenciones interesadas a lo largo del tiempo. Alberto, siempre tan preciso e intelectualmente exigente, veía en esos relatos plagados de personajes secundarios frecuentemente inventados y de escenas en las que grandes figuras del pasado expresan sentimientos, dudas o deseos que son probablemente más fruto de la creatividad del autor que de la realidad pretérita, un atentado contra la seriedad de una ciencia que es o debe ser maestra de la vida. Del otro, actuando de beligerantes paladines a favor de tan polémica causa, nos alineamos Kiko Méndez Monasterio y yo, Kiko, porque además de ser un goloso degustador de novelas históricas,  no descuida ocasión de provocar a Alberto, que suele entrarle fogoso a los trapos, y yo porque al igual que Kiko disfruto enormemente con la lectura de esos híbridos de realidad e imaginación que nos permiten no sólo conocer, sino casi vivir, sucesos de épocas remotas que han configurado el presente y que, presentados en forma novelada, ganan en colorido, interés y humanidad lo que pierden en exactitud y sobriedad. Se daba la circunstancia añadida a la pasión del debate que nuestros argumentos se cruzaban en presencia de un cultivador excelente del género, Jesús Villanueva Jiménez, que ha publicado recientemente una magnífica novela titulada El fuego de bronce, que describe magistralmente el intento fallido del entonces contralmirante Nelson de tomar por la fuerza Santa Cruz de Tenerife como paso previo a la conquista del archipiélago canario para el Imperio británico. Y fue este ejemplo concreto el que nos hizo ganar la batalla dialéctica a Kiko y a mí porque gracias a Jesús Villanueva miles de españoles sabrán hoy algo que ignoraban: que el 25 de julio de 1797 un pequeño contingente de tropas regulares junto a un puñado de labriegos, artesanos y comerciantes de las milicias ciudadanas bajo el mando de un militar ejemplar y caballero sin tacha, Antonio Gutiérrez de Otero, derrotaron con su valor, su inteligencia estratégica, su habilidad táctica y su patriotismo entusiasta a uno de los mayores genios de la guerra que el mundo ha visto, y que, a pesar de disponer de fuerzas superiores en número y experiencia, salió de este lance humillado, frustrado y sin su brazo derecho. En estos días de declive de España, arruinada material y moralmente por una clase política que, como la que regía nuestro país durante el reinado de Carlos IV, no ha estado a la altura del pueblo confiado a su tutela, hemos de agradecer a Jesús Villanueva el recordarnos que el coraje, la nobleza de propósito, la unidad de esfuerzos y el servicio a un bien trascendente fueron factores clave para que un reducido grupo de españoles diera a sus contemporáneos hace doscientos catorce años una lección inmortal. Aprendamos de ellos, de su entrega, de su arrojo, de su pericia y de su voluntad indomable, para afrontar nuestras dificultades presentes y superarlas en la estela de aquella gesta sin par.

 

 

 

                                      Aleix Vidal-Quadras 


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