Archivo para Noviembre 2011

PEDIR LO IMPOSIBLE

            Durante la pasada campaña electoral el sonsonete de CiU ha sido la reclamación del pacto fiscal. En esencia, la fórmula de financiación que reclaman los nacionalistas catalanes es similar a la que se aplica a las Comunidades de régimen foral, es decir, el gobierno autonómico recauda, inspecciona y regula todos los impuestos en el marco de la legislación tributaria general y acuerda con el Estado su contribución a la hacienda nacional. El problema es que constitucionalmente Cataluña es una Autonomía de régimen común y por tanto este trato de privilegio no encaja en el ordenamiento vigente. Además, si semejante maniobra se llevase a cabo mediante alguna vía extraña extraída del  Estatuto de 2006, las restantes Comunidades reclamarían lo mismo y España dejaría de existir por falta de fondos. Si la Generalidad catalana se encuentra ahogada por su deuda y su déficit es porque sucesivos gobiernos nacionalistas han gastado sin tino para fabricar un pseudo-estado que les permita satisfacer sus ansias secesionistas y mantener prisionera a toda una sociedad. La pretensión de que sea el resto de la nación de la que quieren separarse la que pague sus excesos revela una desfachatez asombrosa acompañada de la suposición de que los demás españoles son idiotas. Se ha dicho que el éxito obtenido por los herederos de Pujol en las elecciones del 20-N dará nuevas alas a esta aspiración y que el Ejecutivo del PP deberá ser receptivo con el fin de obtener el apoyo del grupo encabezado por Durán en el Congreso. Las razones por las cuales una mayoría absoluta ha de plegarse a las exigencias absurdas de una minoría resultan tan misteriosas como las que llevaron a ciertos dirigentes del PP a afirmar que su partido estaba dispuesto a hablar del asunto. En caso de entablarse dicha conversación con el mero propósito de pasar el rato, será muy breve y se resume en una palabra: no. Y es que lo que no puede ser, no puede ser, y además es imposible.

 

                   © Aleix Vidal-Quadras    

LOS NACIONALISTAS Y LA CRISIS

         Es sabido que el nuevo Gobierno presidido por Mariano Rajoy deberá impulsar un programa muy severo de recortes de gasto público adicionales y de reformas  estructurales en los terrenos laboral, educativo, institucional y territorial de considerable ambición y alcance. Esta agenda es imprescindible para salir de la crisis y las instancias europeas le han dado a España un breve respiro en la confianza de que a partir del próximo domingo se va a producir en nuestro país un drástico cambio de rumbo. También resulta claro que este enfoque regenerador chocará con numerosos intereses creados y exigirá considerables sacrificios a la sociedad. No será fácil convencer a los españoles, maleados por una larga etapa de igualitarismo indolente, de que ahora deben revisar sus esquemas mentales y estar dispuestos a trabajar más cobrando menos y a ver reducidos sus beneficios sociales. De la misma forma, la tarea de reestructurar las Administraciones, devolver al Estado competencias esenciales y adelgazar las Autonomías se enfrentará a una numerosa e instalada casta política que tendrá que aceptar una reducción significativa de su volumen, poder e influencia. Para una empresa de esta envergadura y tan plagada de obstáculos, Rajoy va a necesitar todo el apoyo que pueda reunir y más. En este contexto, sorprende que algunas voces autorizadas dentro del PP consideren aconsejable la incorporación de ministros nacionalistas catalanes y vascos al Ejecutivo con el fin de sumarlos al esfuerzo colectivo para ganar competitividad, practicar la austeridad y fortalecer la unidad nacional. Es como si estos bienintencionados partidarios de la integración de los secesionistas en el propósito común hubieran heredado el buenismo ingenuo de Zapatero, que tanto daño a hecho a nuestra economía, a nuestro prestigio internacional y a nuestro nivel ético. Los nacionalistas no son integrables y treinta años de experiencia sobre su deslealtad deberían ser suficientes para aceptar una evidencia que no por dolorosa es menos palpable. La insistencia de darles juego a pesar de que ha quedado probado que cualquier instrumento que se les confíe será utilizado contra la unidad constitucional y puesto al servicio de su particularismo divisivo corresponde casi al dominio de la psicología antes que al de la política. La extraña fascinación que siempre han ejercido sobre determinados sectores o figuras del centro-derecha nacional responde a oscuros complejos o inseguridades doctrinales que se supone que desde la dirección del PP alguien tendría que controlar. Por desgracia, no es así y estamos condenados a padecer el reiterado error de meter la zorra en el gallinero para que se sacie a costa del resto de una nación a la que detesta y niega. En momentos en los que se augura una aplastante mayoría absoluta para los populares, semejante propuesta es propia de infiltrados o de masoquistas.

 

 

                                       ©Aleix Vidal-Quadras

 

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EL DEBATE

           Todo el mundo sabía, incluido el propio interesado, que el sillón destinado a Alfredo Pérez Rubalcaba en su confrontación dialéctica con Mariano Rajoy el pasado lunes iba a ser una silla eléctrica. De la misma forma que el poder de la pedagogía es inútil salvo en los casos en que es innecesario, las habilidades de comunicación son estériles si el producto a vender es un asco. El vicepresidente de un Gobierno que recibió un país pletórico, optimista y próspero y lo ha convertido en un páramo de frustración y de miseria no podía, aunque hiciese juegos malabares, convencer a nadie de que le votase. Los prisioneros sentimentales o los amarrados al pesebre del socialismo le van a dar su papeleta pase lo que pase, pero ni uno más. Rubalcaba no consiguió nada que no tuviera ya y Rajoy no perdió ni uno de los que ya han decidido otorgarle su confianza. Como los segundos superan abrumadoramente a los primeros, el taimado Alfredo paseó su impotencia por el plató de la Academia de Televisión de tal forma que si no nos constase lo malo que es incluso nos habría inspirado una pizca de piedad.

 

Sentado este hecho obvio, es curioso que todas las propuestas del candidato del PSOE fuesen errores manifiestos y todas las que formuló el del PP apuntasen en la dirección correcta. Y digo que es curioso porque esta circunstancia era irrelevante a efectos del resultado del encuentro, que estaba cantado desde mayo de 2010. Si el futuro Gobierno, tal como defendió Rubalcaba, pidiese al Eurogrupo una moratoria de dos años para ajustar el déficit y siguiese aumentado el endeudamiento y los impuestos, España iría directa a la intervención y a la ruina completa. Si, en cambio, se esfuerza en crear un entorno normativo, fiscal y laboral favorable a la actividad de las empresas, como anunció Rajoy, existe alguna posibilidad de superar la crisis. Por lo demás, el combate fue de guante blanco. Ni un solo reproche de corruptelas ni referencias a ETA salvo la retórica balsámica de la unidad de los demócratas ni contraste de concepciones antropológicas o morales. Los dos participantes en la final de la década cumplieron su papel con absoluta profesionalidad, el uno perdiendo y el otro ganando sin despeinarse ni segregando un miligramo extra de adrenalina. Viéndoles y oyéndoles nadie diría que nuestra desdichada nación se encuentra inmersa en un desastre de proporciones cósmicas del que únicamente se salvará aceptando que su riqueza se ha reducido en una proporción significativa, que su sistema de protección social va a adelgazarse sensiblemente y que los españoles tendremos que trabajar más por menos dinero durante bastantes años. Eso por no mencionar que la broma del Estado de las Autonomías habrá que desmontarla y que a los sindicatos y a los partidos políticos se les ha acabado el momio. A partir del 21 de noviembre, sangre, sudor y lágrimas, pero vislumbrando por fin la luz al fondo del túnel.

 

                              ©Aleix Vidal-Quadras

 

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EL FACTOR HUMANO

         El primer ministro griego asistió a la cumbre europea de la semana pasada y participó en sus deliberaciones con voz y voto. Aceptó sus conclusiones y se comprometió, al igual que todos sus colegas presentes, a cumplir lo acordado. El resultado fue una subida generalizada de la Bolsas y una inyección de moderado optimismo en los mercados. La presión sobre las deudas soberanas de los Estados Miembros considerados de riesgo aflojó y parecía que lo que Herman Van Rompuy había calificado de “punto de inflexión” iba por fin a cambiar la tendencia y abrir una estrecha rendija de luz en la oscuridad. Sin embargo, pocos días después Yorgos Papandreu ha tomado sin consultar a nadie una decisión propia de un irresponsable o un demente, la de someter a referendo de la ciudadanía de su país el programa previamente pactado con los restantes primeros mandatarios de la Eurozona. Los efectos de semejante disparate han sido los esperables, pánico de nuevo en los parqués, subidas incontrolables del diferencial español e italiano, bajada de la cotización del euro y sensación generalizada de que la Unión Monetaria está en serio peligro. Ningún gobernante en sus cabales sometería a su nación a un riesgo altísimo de ir a la quiebra, pondría a los pies de los caballos a sus socios que le están respaldando con un enorme sacrificio y expondría al conjunto del sistema financiero mundial a una convulsión de consecuencias imprevisibles. ¿Hemos de llegar a la conclusión de que el líder del PASOK está como un cencerro? Pues no, lo que sucede es que Papandreu es un ser humano y, como tal, su capacidad de aguantar la tensión, la angustia y la vergüenza tiene un límite. Tras el Consejo Europeo en el que dio su conformidad a una quita del 50% de la deuda griega y a un renovado plan de rescate a cambio de una serie de recortes adicionales draconianos no ha podido resistir el rechazo y la ira de sus compatriotas ni el acoso de la oposición. Simplemente, se ha derrumbado emocionalmente y por eso ha soltado la cruz que soportaban sus hombros y la ha colocado sobre las espaldas del pueblo griego transfiriéndole la terrible carga de enfrentarse a su culpa y de sufrir la correspondiente penitencia. Tras décadas de despilfarro, nepotismo, picaresca, evasión fiscal, corrupción y falseamiento de las cuentas públicas, a los griegos les ha llegado la hora de pagar por sus excesos. Su primer ministro refleja con su planteamiento suicida la desesperación de una sociedad dispuesta a no arder sola en la hoguera de su fracaso.

 

                                       ©Aleix Vidal-Quadras 

LOS PRIMEROS CIEN DÍAS

 Cuando Zapatero llegó al poder envuelto en el humo de las explosiones de las bombas terroristas hace ahora casi ocho años puso manos a la obra para llevar a cabo su proyecto destructor a una velocidad pasmosa. De inmediato paralizó la Ley de Calidad de la Educación, anuló el Plan Hidrológico Nacional y retiró las tropas españolas de Irak, eso de una tacada y para que nos fuéramos enterando. A partir de aquí y a lo largo de dos legislaturas no ha cejado ni un momento en su empeño disolvente, debilitador y divisivo. La izquierda se ha caracterizado siempre en nuestro país por dos notas características: si alcanza el Gobierno es implacable y si lo pierde se pone violenta. La Segunda República y las dos etapas socialistas de nuestra recuperada democracia son buenas pruebas de ello. La derecha democrática, en cambio, respeta las reglas, administra con prudencia y legisla con contención. Esta actitud moderada no le reporta ningún tipo de reconocimiento o de gratitud por parte de sus adversarios políticos, que desde el mismo momento en que pasan a la oposición ya afilan los cuchillos de degüello dispuestos al contraataque demoledor.

 

         Mucha gente que se dispone a votar al Partido Popular el próximo 20 de noviembre para que disponga de una sólida legitimidad espera que el nuevo Ejecutivo y la nueva mayoría absoluta hayan aprendido la lección y empleen los primeros cien días en La Moncloa para suprimir la asignatura de Educación para la Ciudadanía, derogar las leyes del aborto y del matrimonio homosexual, eliminar el Impuesto de Patrimonio, hacer cumplir las sentencias del Supremo sobre libertad de elección de lengua en la educación, promover la ilegalización de Bildu y poner en marcha una reforma del mercado laboral que acabe con la prepotencia de los sindicatos, descentralice los convenios y agilice la entrada y la salida en el empleo. De hecho, van a depositar su papeleta en la urna porque creen que el PP actuará con la misma celeridad y la misma decisión que el PSOE, pero en sentido corrector de los desmanes y abusos que han soportado desde 2004. Si no es así, la decepción será enorme y proporcional a las expectativas generadas durante tan largo período de sufrimiento. El argumento, indudablemente fuerte, de que Rajoy necesita una hegemonía muy amplia en el Congreso para la ambiciosa operación de regeneración que le aguarda está mostrando en las encuestas su efectividad. El olvido o la ignorancia de esta realidad sociológica una vez ganados los comicios tendría consecuencias devastadoras a medio plazo tanto sobre la unidad del centro-derecha como sobre nuestras posibilidades de recuperación material y moral.

 

                                             © Aleix Vidal-Quadras     

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