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LÁGRIMAS DE COCODRILO

 La presidenta del Tribunal Constitucional ha despertado de su letargo y ha descubierto de repente que el órgano que encabeza está siendo objeto de una intolerable campaña de desprestigio. En su quejumbrosa alocución en el Club Siglo XXI hace dos días María Emilia Casas reclamó lealtad constitucional a todos los actores públicos como la mejor forma de garantizar una convivencia pacífica y ordenada. Aunque su protesta está plenamente justificada porque el ataque de los nacionalistas al Supremo Intérprete de nuestra Ley de leyes ha entrado ya en el terreno de la subversión, lo que debería preguntarse doña María Emilia es cuál ha sido su cuota de responsabilidad en la creación del clima irrespirable en el que nos debatimos. Nadie ignora quién ha pilotado los trabajos del Tribunal de forma que un asunto que se podría haber resuelto en seis meses si desde el principio hubiese designado al ponente adecuado, se ha arrastrado durante cuatro años provocando el escándalo y la irritación de la ciudadanía. Tampoco es un secreto quién ha insistido una y otra vez en presentar el borrador elaborado por Elisa Pérez Vera a sabiendas de que iba a naufragar al ser sometido a los sucesivos escrutinios del pleno del Tribunal. Y, por supuesto, ha quedado impresa en la retina de millones de españoles consternados la monumental bronca que ante los ojos implacables de las cámaras de televisión le propinó la Vicepresidenta del Gobierno en la tribuna de autoridades del desfile de la Fiesta Nacional de 2007 sin que la presidenta del Tribunal Constitucional mostrase ni un atisbo de dignidad cortando por lo sano semejante atropello a la separación de poderes. Para desempeñar ciertas magistraturas de especial responsabilidad hay que reunir determinadas condiciones de independencia de criterio, patriotismo, decoro y coraje que no están al alcance de cualquiera. Pero si se acepta un puesto de este nivel, es una obligación profesional y moral estar a la altura. María Emilia Casas ha de aplicarse a sí misma la exigencia de lealtad a la Constitución que les demanda a los demás, lealtad que en su comportamiento hasta este momento ha brillado por su ausencia. Pese a su lamentable trayectoria previa, le queda una última oportunidad de salvar los jirones de su maltrecha reputación que aún lleva adheridos al cuerpo. Debe convocar el pleno del Tribunal antes de que finalice mayo, poner a votación la propuesta que ya está ultimando el actual ponente, Guillermo Jiménez, y dictar de inmediato la correspondiente sentencia. Si continúa en su sinuosa y vacilante actitud prolongando una agonía de la institución que le ha sido encomendada, que es ya la agonía del sistema surgido de la Transición, sus lágrimas retóricas del pasado lunes serán lágrimas de cocodrilo, que no inspiran piedad ni simpatía, sino rechazo y  vergüenza ajena. 

                                                          

UNA HIPÓTESIS DE TRABAJO

No se entiende el escándalo suscitado por las declaraciones de Jaime Mayor en el Executive Forum sobre la estrategia de Zapatero en relación a ETA cuando su tesis al respecto es bien conocida y lleva repitiéndola hace varios meses. La esfera pública es misteriosa y pasa súbitamente de la sordera a la atención sin que se sepa muy bien el motivo. De hecho, lo que el ex-ministro del Interior ha pronunciado no es una denuncia, sino una inferencia o, si se quiere, una hipótesis de trabajo. Como cualquier teoría seria, la de Mayor se apoya en la evidencia empírica y en la experiencia. Repasemos algunos hechos contrastables: ZP elevó a ETA a la categoría de interlocutor político del Estado durante su primer mandato, sostuvo los contactos después del atentado de la terminal de Barajas en el que hubo dos muertos, dio un trato de incomprensible benevolencia a de Juana Chaos, uno de los miembros más sanguinarios de la banda, y en pleno “proceso de paz” altos mandos policiales suministraron información a los terroristas para que escapasen a su inminente detención. Ha sido ZP quién ha preferido sistemáticamente la alianza con partidos nacionalistas radicales con tal de dejar al PP fuera de juego en Cataluña y en Baleares. El Estatuto de Cataluña que liquida la Constitución de 1978 ha sido impulsado por La Moncloa y a día de hoy sigue siendo considerado por Zapatero como plenamente constitucional. A todo ello se puede añadir la probada capacidad de ZP para faltar a la verdad sin que le tiemble un músculo, como quedó demostrado cuando afirmó que las conversaciones con ETA habían quedado interrumpidas mientras las continuaba de tapadillo. A partir de este conjunto de datos, es legítimo pensar que a ZP le gustaría que Batasuna jugase en el País Vasco análogo papel al de Esquerra en Cataluña, lo que le permitiría prescindir del acuerdo con el PP en aquella Comunidad. Para ello, resulta imprescindible que ETA se disuelva y sus esbirros pasen a engrosar las filas de la llamada izquierda abertzale. Después, aclamado como gran pacificador, podría volver a ganar en 2012 haciéndose perdonar su nefasta gestión de la crisis económica. Por consiguiente, no es descabellado dibujar un cuadro como el que ha presentado Jaime Mayor, que si bien a lo mejor no es demasiado factible en la presente coyuntura, sí ofrece verosimilitud. Además, su mero enunciado contribuye a hacer la oscura maniobra más difícil al quedar desenmascarada. Y es que los políticos como Mayor Oreja actúan pensando siempre en intereses superiores, aunque ello implique asumir riesgos o volverse incómodos. Intereses que están por encima de los de partido y, por supuesto, de los del propio interesado, lo que en ocasiones le genera incomprensiones y reproches, pero que indefectiblemente le honra.  

 

                                                                       

INCOHERENCIAS

 El presidente del Congreso es conocido por sus habilidades como comunicador y ha cultivado con encomiable constancia una imagen de sí mismo que le proyecta como persona sincera y desenfadada, próxima a la gente y capaz de conectar en cada momento con las verdaderas preocupaciones del ciudadano. A estas características ha añadido siempre una cierta aura de independencia de criterio que le permite en ocasiones expresar opiniones controladamente divergentes de las posiciones oficiales de su partido. Sin embargo, en este difícil equilibrio entre la defensa de sus supuestos principios y la disciplina propia del militante, José Bono incurre en piruetas tan arriesgadas que minan su credibilidad y revelan la artificiosidad de sus montajes. Hay dos ejemplos elocuentes de las contradicciones insoslayables que intenta colar como muestras de rigor intelectual y de solidez ética. El primero es su voto a favor de la ley del aborto a pesar de su condición públicamente manifestada de católico convencido y practicante. Su argumento para justificar una actuación totalmente incompatible con sus creencias religiosas es que la norma actual es mejor que la anterior en la medida que limita el supuesto de daño a la salud psíquica de la madre -el pretexto que abrió en el pasado las puertas al fraude generalizado- a veintidós semanas, restricción que no existía hasta la reciente reforma. Este razonamiento no se sostiene y el propio Bono nos da la clave cuando afirma que “el aborto ni es un bien ni es un derecho. Es un mal”. Pues bien, precisamente el núcleo conceptual  de la ley socialista es la transformación de un delito despenalizado en determinados casos en un derecho regulado e irrestricto durante un plazo fijado. Por consiguiente, la incongruencia es flagrante y no resiste ni un segundo un análisis incluso somero. El segundo es su crítica reiterada al desbarajuste autonómico. Sus llamadas de atención respecto de la proliferación de administraciones y de las disfuncionalidades y del coste que comporta, casan muy mal con su sumisa aceptación en el seno del PSOE del nuevo Estatuto de Autonomía de Cataluña, monumento donde los haya a la inconstitucionalidad y a la fragmentación del Estado. Lejos de erigirse en ejemplo de coherencia y de fidelidad a unas convicciones por encima de la adscripción partidista, la tercera autoridad de la Nación aparece como un ágil volatinero capaz de encandilar al público mientras le vende mercancía averiada. Las futuras generaciones que estudien la historia de nuestro país percibirán al elocuente José Bono como una figura más próxima a las hazañas contorsionistas del Gran Houdini que a las insobornables virtudes de Santo Tomás Moro.    

                                                                        

LA FASCINACIÓN DEL LADO OSCURO

                                                             

      Las revelaciones contenidas en las actas incautadas a ETA en Francia sobre sus contactos con los enviados gubernamentales durante la tregua de 2006 demuestran lo que ZP siempre se ha empeñado en negar: las negociaciones con la banda amparadas por la ominosa resolución del Congreso del 17 de mayo de 2005 tuvieron carácter inequívocamente político y elevaron a los asesinos a la categoría de interlocutores válidos para el Estado. Por mucho que Rubalcaba y compañía se empeñen en inventar precedentes, ningún Ejecutivo anterior llegó a tales extremos de ignominia en sus relaciones con el terrorismo separatista. Se produjeron conversaciones y hubo mediadores, sin duda, pero la sustancia de lo tratado se mantuvo siempre dentro de los límites estrictos de la búsqueda de una salida a la situación penal de los presos y a la articulación de soluciones personales para sus nuevas vidas tras la hipotética renuncia a la violencia. Jamás se habló de reformas institucionales ni del derecho de autodeterminación ni de entes unificadores de Comunidades Autónomas. El único que, tal como prueban los documentos ahora hechos públicos, ha descendido a los infiernos del intercambio de cromos con el crimen organizado -vosotros os olvidáis de las pistolas y yo os entrego maniatada a la Nación que he prometido preservar- ha sido Zapatero, actuación deshonrosa que le marcará con oprobio eterno en la Historia de España. El Presidente del Gobierno es un tipo extraño y detrás de su mirada azul aletean las tinieblas del abismo. Tiene gustos perversos, le encanta facilitar la muerte de sus semejantes en las etapas de sus existencias en que se encuentran más necesitados de protección, busca ansioso la amistad de torturadores como los Castro o de histriones totalitarios como Chávez o Morales, hurga en nuestro pasado colectivo para desenterrar cadáveres y reavivar rencores y estuvo a punto de sellar una alianza siniestra con la hez de la sociedad vasca. Parece probado que el lado oscuro ejerce sobre él una fascinación fatal y es fácil imaginarlo, una vez despojado del engañoso ropaje del pacifismo benévolo y del progresismo suave, encerrado en los sótanos monclovitas lejos de indiscretas miradas, entregado sin reservas a ensoñaciones góticas de brujas, trasgos y pactos nefandos con el Mal.     

DOS MODELOS DE PATRÓN DE PATRONES

  La palabra “patronal” para referirse al conjunto de la clase empresarial suena algo anacrónica, salvo si se dice en francés. En España, las organizaciones de empresarios, entre las que la CEOE destaca por su dimensión y representatividad, han jugado y juegan un papel extraordinariamente relevante en la articulación de nuestra vida pública. Su condición de interlocutores indispensables de los sindicatos y de los gobiernos, su capacidad de influencia en la opinión y sus valiosas aportaciones al análisis de los problemas económicos y sociales, las convierten en actores principales del escenario nacional. Por consiguiente, resulta de capital importancia que sus máximos representantes sean personas que reúnan una serie de cualidades cuya conjunción no siempre es fácil de alcanzar. El patrón de patrones ha de ser a la vez un diplomático, un comunicador, un pensador y un estratega. Su categoría profesional, moral, intelectual y humana ha de alcanzar cotas muy altas para gozar así de la necesaria autoridad sobre sus representados y del respeto y la consideración de los restantes agentes sociales, de las autoridades y de la ciudadanía en general. Todo ello indica que el acierto en la elección para tal puesto no siempre es fácil y los recientes acontecimientos que han afectado al actual presidente de la CEOE han puesto de nuevo sobre el tapete el debate en torno al modelo ideal de esta figura. Dos son los líderes patronales “tipo”, simplificando mucho el asunto. Uno es el que podríamos denominar modelo “Cuevas”, es decir, un técnico de considerable nivel y notable talla personal sin intereses empresariales directos, disponible en consecuencia para entregarse por completo a su tarea sin que sus propios negocios privados le distraigan de su cometido al frente del colectivo creador de la riqueza y del empleo. El otro correspondería al género “Díaz Ferrán”, o sea, un emprendedor de éxito y dilatada trayectoria que debe compatibilizar su trabajo de cabeza de filas de sus colegas con la gestión de un grupo de compañías de formidable envergadura. Sin duda, ambos perfiles ofrecen ventajas  e inconvenientes para su trascendental misión. El conocimiento en carne propia de los problemas del empresario es una virtud en el caso que nos ocupa, pero la atención exclusiva a la organización que le ha sido confiada y la independencia respecto a otros poderes son datos positivos que no se deben infravalorar. Al final se trata de hacer una opción, con el peligro de equivocarse. Yo, a la luz de la experiencia española de las últimas tres décadas, me inclino por el modelo “Cuevas”, aunque reconozco que quizá mueve mi ánimo la admiración que siempre sentí por el que fue en vida un hombre tan singular por su visión, su insobornable honradez y su aguda inteligencia. Ahora bien, si no nos guiamos por el conocimiento que nos ha proporcionado la realidad empírica, ¿cuál ha de ser nuestra brújula?                                                                                                                                                             

CONDOTIEROS

 En la convulsa y fragmentada Italia de los siglos XIV, XV y XVI, surgieron capitanes de fortuna que al mando de ejércitos mercenarios ponían su espada al servicio de la ciudad-Estado que mejor retribuía sus servicios. Pronto se les conoció como condotieros, condottieri en italiano, vocablo derivado del término condotta, que era el contrato que suscribían con el gobierno que les empleaba. Feroces en el campo de batalla, sutiles en las negociaciones con sus posibles patronos, desprovistos de cualquier escrúpulo y totalmente ignorantes de la mínima noción de lealtad, cambiaban de bando en función del tamaño de la bolsa que se les ofrecía y se dieron casos en los que la defección se producía en plena batalla, lo que da una medida de su bajísima talla moral. Su figura y su forma de entender la guerra como negocio han quedado como el arquetipo del desaprensivo que se vende sin importarle un ardite la nobleza o la vileza de la causa a la que se apunta. En el campo de la política siempre ha habido personajes asimilables a los condotieros y en la España de hoy contamos con unos cuantos. Por supuesto, dentro del género existen niveles y categorías, hay condotieros y condotieras, condotieritos y condotieritas, al igual que sucedía en el Renacimiento, cuando algunos de ellos contaban con una pequeña mesnada de desharrapados y otros estaban al mando de fuerzas muy poderosas de miles de hombres perfectamente armados. A los condotieros políticos contemporáneos se les distingue fácilmente. Pululan por los platós televisivos y las cadenas radiofónicas hablando fundamentalmente de si mismos, critican de manera oportunista a las formaciones en las que militan, desvelan con descaro conversaciones privadas si ello les proporciona la atención de los medios o sube las ventas de sus libros de chismes y bobadas, fluctúan en sus posiciones ideológicas o simplemente las evitan, entran y salen fugazmente de militancias sucesivas dependiendo de la satisfacción de sus desmedidas ambiciones y exhiben una egolatría obscena trufada de una vanidad ridícula. Brillan brevemente en el firmamento público y pronto desaparecen como esas cerillas que una vez encendidas en la cocina o en el salón de fumadores son inmediatamente abandonadas en la basura o en el cenicero para ser tragadas definitivamente por la nada, que al fin y al cabo es su destino natural. 

                                                                        

EL BÁCULO Y LA SERPIENTE


Un primer esfuerzo que hay que realizar tras leer las palabras pronunciadas por el Obispo de San Sebastián, monseñorJosé Mª Uriarte, en la iglesia de Loyola el pasado uno de agosto con motivo de las fiestas de San Ignacio, es reprimir las náuseas. Superada esta natural reacción psicosomática ante una homilía tan repulsiva en su tono y en su contenido, es obligado analizar sus planteamientos, que arrojan sin duda bastante luz sobre la línea argumental del nacionalismo vasco y de los separatistas en general. El mitrado manifiesta, como es natural, su rechazo al terrorismo, no faltaría más. Pero es evidente que su condena del asesinato, la extorsión y la amenaza como métodos de actuación política, es estrictamente retórica. De hecho, la lleva a cabo como soporte dialéctico para dar entrada a lo que de verdad le interesa, que es apoyar las reivindicaciones secesionistas que son la base del delirio doctrinal que ETA utiliza como pretexto para su barbarie. De entrada, lo que falta en el País Vasco no es paz, porque, que se sepa, allí no hay declarada ninguna guerra. Lo que castiga a aquellas torturadas tierras es la presencia de una organización mafiosa y criminal que combate al Estado de Derecho, viola las leyes y provoca la destrucción y la muerte de inocentes con persistente crueldad. Por tanto, la invocación de la paz de manera meliflua, como hace Uriarte, es una forma de colaboración con el terrorismo. Por otra parte, esa idea de que hace falta diálogo social y político es un punto central de los comunicados etarras porque presupone la existencia de un conflicto que enfrenta a dos bandos, cada uno con sus razones, a los que habrá que conciliar. Abundando en este mismo enfoque, Uriarte llama a alcanzar “una fórmula de convivencia aceptable por todos”. Vamos a ver, monseñor, ¿con quién hay que converger? ¿cuáles son esas “aspiraciones legítimas” que debemos moderar? En 1978 se hizo todo el esfuerzo posible para estructurar las instituciones y el orden constitucional de manera que nadie se sintiera excluido y para que la pluralidad española se viera reconocida y amparada. Por tanto, seguir reclamando lo que ya se tiene contribuye a alimentar el odio y esto es exactamente lo que monseñor Uriarte practica continuamente. En el Evangelio, no se conoce ningún pasaje en el que Jesucristo proponga al Maligno una fórmula de convivencia aceptable para ambos. Las expresiones utilizadas por el Señor son inequívocas y su rechazo del Mal es absoluto y sin paliativos. A monseñor Uriarte le convendría repasar el mensaje divino y aplicarlo en su labor pastoral en su diócesis porque cada vez que se pronuncia con la deliberada ambigüedad de su intervención del pasado uno de agosto se alía con Satanás, que se regocija con su cobardía mientras ceba la próxima bomba. Al báculo del obispo de San Sebastían hay enroscada una serpiente que le envenena el alma y le convierte en un instrumento al servicio de sus siniestros fines.

 

                                              

EL MUNDO AL REVÉS



En su visita de campaña a Barcelona el pasado 4 de junio, Zapatero profundizó en su particular visión invertida del universo. Acusó al Partido Popular y a todos los que reclaman respeto a la pluralidad cultural y lingüística de Cataluña de querer “imponer una sola lengua”. Curiosamente, han sido los sucesivos gobiernos de Pujol y ahora el tripartito socialista-ecoirisado-independentista los que con su monolingüismo coactivo han obligado a todos los catalanes a prescindir del español como idioma de la enseñanza, de la Administración y del espacio oficial y público en general. Sin embargo, ZP, el transformador de la realidad, atribuye a las víctimas del totalitarismo identitario el papel de verdugos. No se puede dar mayor exhibición de cinismo. Asimismo, el impulsor de la asignatura de Educación para la Ciudadanía, instrumento evidente de adoctrinamiento de la juventud en el pensamiento relativista y blandengue del progresismo post-moderno, atribuye a sus adversarios la pretensión de forzar a la gente a adoptar “una sola moral y un solo credo”. De nuevo, lo que predica es exactamente lo contrario de lo que sucede. Son los padres que exigen su derecho constitucional de educar a sus hijos de acuerdo con sus valores y creencias los que defienden la libertad frente a la opresión ideológica de ZP y sus huestes laicistas beligerantes. En cuanto al reproche a la “derecha” de no “arrimar el hombro” para superar la crisis económica, formulado por el político más sectario de toda Europa, que ha ignorado sistemáticamente las muchas propuestas constructivas de la oposición, suena a escarnio y befa en momentos en los que tantas empresas se ven abocadas al cierre y tantos asalariados quedan en la cuneta del paro. El mundo de ZP es la imagen cabeza abajo de los objetos, que no son meramente distorsionados por su lente deformante, sino directamente colocados al revés. Para Zapatero la opresión es libertad, el uniformismo es pluralismo, el derecho a matar es derecho a elegir, lo inhumano es humano y las espinas secas son brotes verdes. El combate dialéctico contra semejante maestro de la desfachatez y del engaño no es fácil porque su mismo desprecio a la lógica más elemental y su absoluta carencia de escrúpulos le hacen inmune a los argumentos racionales y a las reglas morales. Para un tipo que afirma que no es la verdad la que nos hace libres, sino la libertad la que nos hace verdaderos, todo está permitido, no existen límites éticos o epistemológicos a sus barbaridades, no hay barreras de conciencia o de sensatez capaces de detener sus atropellos. Ante un oponente de estas características, las apelaciones al sentido común o las denuncias prudentes resultan impotentes. Esta feroz guerra cultural únicamente la ganará el que sepa contrarrestar la maligna y meliflua melodía de ZP con el vibrante trompeteo de la convicción. A su ofídica habilidad para el mal hay que oponer el compromiso indeclinable con los valores fuertes que definen nuestra civilización occidental. Sin complejos y sin vacilaciones. De frente, con la cara alta y la voluntad indoblegable de vencer. 

 

CUESTIÓN DE CARÁCTER

               Recomiendo vivamente la lectura de la autobiografía de Barack Obama que lleva por título Los sueños de mi padre. Es un libro escrito antes de ser candidato presidencial y cuando su autor todavía no había pensado seriamente en su aspiración a la primera magistratura norteamericana. Muchos de nuestros políticos en España carecen de una verdadera experiencia vital al llegar al poder. Dedicados al trabajo interno de partido desde su juventud, ascienden en el escalafón de la organización y dedican sus esfuerzos a la intriga, a la lucha cainita y a la adulación de sus mandos. Su fuente de sustento es el desempeño de cargos públicos remunerados o la nómina partidaria y jamás han sabido lo que es montar o dirigir una empresa, hacer una oposición, aprender y ejercer un oficio, bregar para conseguir un puesto de trabajo y para conservarlo;  en definitiva, la realidad cruda, dura y áspera del mundo real, en el que la gente compite, se marca objetivos, triunfa, fracasa, cae, se levanta y se enfrenta todos los días a dificultades y a problemas que le aportan madurez y fortaleza. ZP es un ejemplo paradigmático de este tipo de políticos, hombres y mujeres que desconocen por completo cosas tan meritorias como levantar de la nada un pequeño negocio, buscar desesperadamente clientes, invertir años de estudio y sacrificio para ganar una plaza de profesor, médico, notario, inspector de policía u oficial de las fuerzas armadas, hacer catorce horas diarias al volante de un taxi o jugarse el físico en un andamio. Viven en una burbuja que les impide captar lo que sucede más allá de su mezquino universo de olisqueo de encuestas, de campañas electorales y de búsqueda de la foto oportuna. Por eso el relato de Obama resulta profundamente interesante, porque nos muestra primero a un niño, después a un adolescente y por último a un joven que se ven obligados a superar toda clase de obstáculos, familiares, raciales, económicos y culturales, para llegar a las metas que ellos mismos se han fijado. Nos explica, en un lenguaje sencillo, poderoso y directo, su vida en tres continentes, su obligada adaptación a entornos radicalmente distintos en circunstancias complejas, su conocimiento directo de la pobreza, la ignorancia y la injusticia y su combate entregado y generoso a favor de los más débiles y los más vulnerables. Nos enteramos por su propio testimonio de que se ha alojado en apartamentos infectos de barrios marginales, de que en alguna ocasión ha dormido en la calle, de que frecuentemente ha rozado el hambre o la penuria, y de que ha sobrellevado estas pruebas con buen ánimo y sin perder la esperanza, movido siempre por una indoblegable voluntad de superarse, de mejorar y de ser útil a su familia y a los demás. El general de Gaulle dejó escrito que “en los tiempos ordinarios, son suficientes las inteligencias bien formadas, en los tiempos difíciles hace falta corazón y carácter”.  Las más de cuatrocientas páginas de Los sueños de mi padre nos demuestran que hoy ocupa el Despacho Oval una persona que sirve tanto para las épocas tranquilas como para el fragor de las tormentas.

LA INDEPENDENCIA DE BOADELLA

              

Esta mañana he tenido el placer de escuchar a Albert Boadella en una intervención plagada de ingenio y rebosante de iconoclastia en uno de los interesantes desayunos-coloquio que organiza el Foro Nueva Economía. Su cruel análisis del papel de los arquitectos en la cultura moderna y sus ácidos comentarios sobre el papanatismo de los poderosos ante determinadas muestras de arte contemporáneo han hecho las delicias del respetable.  El indomable cómico catalán ha sido presentado por su actual empleadora, Esperanza Aguirre, que le ha cubierto de elogios y le ha prodigado todo tipo de muestras de afecto. Lo cierto es que la numerosa y selecta audiencia lo estaba pasando en grande hasta que Isabel San Sebastián, esa periodista afilada como una daga veneciana, le ha preguntado a quién pensaba votar en las próximas elecciones europeas. Y el autor de Ubú President,  en presencia de la cúpula del Partido Popular de Madrid y de su presidenta, la misma que le ha nombrado director de los Teatros del Canal y le ha acogido generosamente poniéndolo a salvo de la feroz campaña de acoso y aislamiento -eso que él llama con acierto “muerte civil”- a la que le tiene sometido en Cataluña el nacionalismo, no se ha cortado un pelo al anunciar que su sufragio será para… ¡Rosa Díez! Boadella podía haber eludido la pregunta con fórmulas neutras del tipo “No invada usted mi intimidad”, “El voto es secreto”, “No me parece adecuado satisfacer su malsana curiosidad en un acto institucional” o, incluso, en clave críptica y diplomática, recordar la célebre canción en la que se afirma que se puede querer a dos mujeres a la vez y no estar loco. Sin embargo, ha optado por decir simple y llanamente la verdad.           

 Aunque el incidente puede ser visto como una muestra de ingratitud o de falta de tacto por parte del invitado de honor, una lectura más profunda del mismo permite extraer conclusiones muy beneficiosas tanto para Boadella como para Esperanza Aguirre. En unos tiempos de intelectuales orgánicos babeantes de adulación ante sus mecenas políticos y de gobernantes que invierten sumas ingentes en domesticar y en poner a su servicio a escritores, pintores, actores  y directores de cine, el insólito caso de una presidenta de Comunidad Autónoma que ofrece una oportunidad a un artista sobresaliente por la mera razón de la calidad de su trabajo sin exigir a cambio fidelidad o sometimiento, y de un creador que acepta la oferta sin que ello implique la renuncia a un ápice de su libertad de opinión y de criterio, les enaltece a los dos y proporciona a la sociedad un ejemplo impagable. Hasta hoy yo me honraba con la amistad de ambos, después de esta exhibición de altura ética por su parte no sólo me honro, sino que me enorgullezco.